- Reduce el consumo de carnes rojas (cerdo, ternera, cordero, embutidos) y huevos, sustituyéndolos por pescado.
- Reduce el consumo de productos lácteos y mantequilla.
- Incluye en cada comida una ensalada o un plato de verdura.
- Reduce el consumo de productos comerciales (congelados, enlatados, precocinados...) y comidas preparadas. Usa más alimentos frescos y naturales, sin procesar.
- Cocina al menos una vez al día una comida completa y nutritiva.
- Cambia de sal blanca refinada a sal marina sin refinar. Cambia de grasas animales , aceites refinados, margarinas y mantequillas a aceites vegetales sin refinar y prensados en frío. Cambia de carbohidratos refinados (pasta, pan y arroz blancos) a cereales, pasta y pan integrales.
- Reduce el consumo de azúcar, chocolate, alcohol, estimulantes y bebidas gaseosas y azucaradas.
- Toma fruta fresca o seca en lugar de pasteles y dulces.
- Cambia a aliños, aderezos y salsas naturales, sin aditivos, colorantes o sabores artificiales.
- Incrementa el consumo de verduras y ensaladas hasta un 40% del volumen de tu comida diaria, dando preferencia a las frutas y verduras locales y de la estación.
- Pásate a las proteínas vegetales: legumbres, tofu, seitán y tempeh.
Tercero:
- Recuerda que los cambios rápidos no suelen ser duraderos. Puede ser que a nivel mental captemos muy rápidamente las ideas, pero el cuerpo físico es más lento, tarda más en asimilar los cambios en la alimentación. No podemos pretender, tras habernos alimentado durante años de una determinada forma, cambiar en unas pocas semanas.
- Es mucho más sensato e inteligente ir haciendo pequeños cambios con los que nos sintamos cómodos, dándonos el tiempo suficiente para asimilarlos. Una vez integrados éstos, ir a por el siguiente paso, y así sucesivamente. Con paciencia y constancia lograremos llegar más lejos y los cambios serán duraderos, porque habremos dado tiempo al cuerpo a adaptarse y psicológicamente no nos habremos reprimido ni forzado.
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